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Ilja Leonard Pfeijffer – Un inmigrante de lujo

Renzo Mejia

En agosto del 2015 llegué a la ciudad de Génova, la tercera ciudad más grande del norte de Italia. Vedrai una città regale, addossata ad una collina alpestre, superba per uomini e per mura, il cui solo aspetto la indica Signora del Mare. Así la describió Francesco Petrarca cuando la vio por vez primera en el año 1358. Una ciudad elegante y arrogante apoyada sobre las colinas mirando hacia el mediterráneo. Muchos años han pasado desde entonces, guerras, invasiones, revoluciones, sin embargo, Génova, la Superba, sigue siendo esa gema marina, esa señora del mar, tal como la definió Petrarca.
Es imposible hablar de esta ciudad y no hablar de su puerto (el más grande de Italia, por extensión). Un puerto que ha visto zarpar no solo a los casi treinta millones de italianos que partían hacia América durante los últimos años del 1800 y las primeras décadas del 1900, sino también a su más ilustre ciudadano, Cristoforo Colombo (Cristobal Colón), el primer inmigrante del Nuevo Mundo.

Como toda ciudad de puerto, la dinámica de esta ciudad vieja gira en torno a sus visitantes. Hoy en día los barcos y cruceros no zarpan hacia la tierra prometida, América, sino a diferentes destinos turísticos como Marsella, Cerdeña o Barcelona. Y en el mismo Porto Antico se pueden reservar paseos hacia balnearios muy populares entre los turistas, como Portofino o San Fruttuoso. Se puede también visitar el Acuario de Génova, uno de los acuarios más grandes de Europa, y por cinco euros podemos degustar exquisitos conos de anchoas fritas y mariscos, típicos de la zona. Sentados en las bancas del puerto podemos sacarnos muchas fotografías con los yates y los veleros de los millonarios anclados en la dársena y, por qué no, comprarle a un inmigrante africano o árabe un selfie-stick, para poder registrar con mayor comodidad nuestro viaje por Génova.

La crisis migratoria en Europa no es ajena a esta ciudad. Miles de inmigrantes africanos atraviesan una verdadera odisea para llegar a las costas italianas, y otros miles siguen la travesía, ya en Europa, sorteando estrictos controles migratorios para llegar finalmente al paraíso de los beneficios sociales europeos: Escandinavia.

El escritor holandés Ilja Leonard Pfeijffer, ganador del Libris Prize (2014) y del Inktaap (2015) por su novela La Superba se ha convertido involuntariamente en un especialista en el tema. “En Holanda soy considerado como un especialista”, me dice mientras lía un cigarrillo sentado en la terraza de La Libreria delle Erbe, un bar ubicado en una de las plazas más lindas de la ciudad (a penas a unos pasos de mi departamento), y que se ha vuelto popular gracias a su novela.

Pfeijffer llegó a Génova en el 2008 (en ese entonces yo cursaba mi segundo año de universidad, en Lima) con el sueño de encontrar en esta joya del golfo ligur el escenario perfecto para un proyecto literario. Lejos de escapar de guerras, de la pobreza o del hambre, Pfeijffer buscaba la dolce vita italiana, el calor, los palacios monumentales, la dieta mediterránea, la mujer italiana. Un inmigrante de lujo, digamos; un holandés engreído (como él mismo se define), un romántico.

No obstante estos caprichos de dandy nórdico, Pfeijffer es un escritor íntegramente comprometido con el tema migratorio. Su documental Via Genoa (disponible en Youtube con subtítulos en español) toca profundamente las zonas más obscuras del problema de la inmigración en Italia haciéndose partícipe, protagonista de la lucha contra el miedo, los prejuicios y la xenofobia.

Luego del éxito de su novela en Los Países Bajos y de la dramática realidad que muestra su documental, no son pocos los holandeses que han decidido reservar el “tour Pfeijffer’’ y llegar hasta Génova para ver cara a cara, para vivir en carne propia el ‘’infierno y el paraíso” de Ilja Leonard Pfeijffer de la mano del mismo narrador (una suerte de excursión a través de los círculos del infierno de Dante, un viaje a través de los centenarios vicoli genoveses con el Holandés Volador como guía).

‘’Es imposible hablar de Génova y no hablar de inmigración’’, me comenta Pfeijffer; como es imposible hablar con Pfeijffer y no hablar de inmigración (como si el escritor representase el alma misma de la ciudad, o una de sus tantas almas errantes). En este sentido, la inmigración venezolana en el Perú no pasa desapercibida. ‘’Es impresionante” me dice. Y sí; la crisis migratoria en América Latina es perfectamente comparable al problema migratorio europeo (salvando las distancias, salvando las causas).

Las ondas migratorias son procesos sociales naturales imposibles de frenar. ‘’No se puede detener”, repite Pfeijffer, como no se puede detener un huracán, un terremoto o un tsunami. Y las consecuencias sociales tampoco. Odio, prejuicios y racismo son consecuencias de una mala gestión de los flujos migratorios y de la falta de planificación migratoria del gobierno del Perú y de los otros gobiernos de la región. La historia es la misma en Europa. La clave, sin embargo, es la amortiguación del golpe y la canalización de la energía migratoria. “El primero que descubra como utilizar (positivamente) toda esa fuerza extranjera va a ser muy bien recompensado”, me dice Pfeijffer. Y es muy cierto, pero también muy complicado. Los mismos países escandinavos sufren del problema de la inmigración masiva sin poder, hasta ahora, resolver los crecientes problemas sociales que atormentan estos países de primer orden.

Mi humilde y corta entrevista con Pfeijffer debía tratar sobre la publicación de La Superba (Arbeiderspers, 360 páginas, 2013 – Ámsterdam, Países Bajos) en Italia; un libro central para entender la ciudad de Génova desde la perspectiva de un inmigrante y para entender también el drama de la migración desde un punto de vista poético, romántico (un libro que inexplicablemente aún no ha sido traducido al español, pero que todo peruano debería leer en estos momentos); sin embargo, las palabras se me han tergiversado, han migrado hacia el tema (o uno de los temas) fundamentales en la obra de este fantástico narrador y poeta holandés con el cual tengo la suerte de compartir este país, esta ciudad, este distrito, estas plazas y estos bares.


Por supuesto que estoy obviando detalles importantísimos en este modesto artículo, detalles de la obra de Pfeijffer o de él mismo, detalles como la exquisita elegancia con la que recorre las callejuelas y plazoletas de Génova vestido con los más elegantes trajes, con los zapatos italianos más finos; detalles como la naturalidad, la sencillez, la modestia (si acaso existe esta palabra en el mundo literario) de un escritor realizado y galardonado, famoso, respetado; detalles como su larga cabellera de pirata, sus anillos gitanescos, su pisacorbatas dorado; detalles como la emoción que experimenta al saber que el público genovés podrá leerlo por primera vez traducido al italiano; detalles como la pesadez de su rostro cuando dice que “el uso de las redes sociales es indispensable, lamentablemente…”; detalles como la solemnidad con la cual pronuncia el título de su nueva novela “Grand Hotel Europa” (novela que he tenido el privilegio de visualizar escrita a mano en la pequeña libreta que carga consigo en el bolsillo interno del saco y que trata la problemática del turismo de masa en Europa, un título que bien podría ser llevado al Perú como Grand Hotel Machu Picchu; detalles como el hecho de que no bebe alcohol (¿ni una gota sola?, le pregunto, “ni una gota”, me responde; detalles como la confidencia de sus palabras cuando me dice que se levanta a las ocho y media de la mañana y la primera cosa importante que debe hacer es despertar a Stella, su novia; detalles como la robustez de su brazo izquierdo señalando la puerta de su casa, apenas a unos pasos de Piazza delle Erbe, apenas a unos pasos de mi casa; detalles como el silencio que dejó cuando, luego de una larga y amena conversación que tengo registrada en mi teléfono, se levantó diciendo “me tengo que disculpar”, y fue desapareciéndose como un fantasma, melancólico y romántico, por entre los edificios viejos, antiquísimos de la plaza.

En fin. Ilja Leonard Pfeijffer no solo ha sabido absorber la fuerza extranjera monetizándola (si cabe el término) en su novela (ya se vendieron los derechos para la realización de una película que no puedo esperar por ver), sino que se ha convertido, con el tiempo, en un ciudadano más de esta ciudad, se ha convertido en un genovés en toda la regla, se ha convertido en Génova. Muy lejos estoy del Perú para usar la misma fórmula con los ciudadanos de la República Bolivariana, ¿Pero tú, astuto peruano, qué vas a hacer ahora?